Murió “el Grapo” - No dijo más nada y salió bastón en
mano.
El italiano de anchas espaldas, manos gigantes y piernas cansadas tomó el
ómnibus y metido en los recuerdos sonrió recordando al Grapo…
-¿Cómo te llamás gurí? – Le preguntó un hombre de unos
veinte años con claro acento alemán, cuando llegó al barrio junto a su familia -
Pedro – Le respondió.
- Soy el Grapo – Y le extendió su mano y en seguida comenzó a ayudar en la
mudanza.
Arrieta era una calle particular de Montevideo,
Uruguay. En épocas de las guerras europeas, recibió a muchos extranjeros
mezclando sus pasos en los negros adoquines.
Allí se crió Pedro junto a vecinos alemanes, armenios, judíos, polacos,
italianos, españoles, libaneses, a los criollos y descendientes de los antiguos
esclavos negros, quienes con su color y sus tambores eran corazón vivo en las
noches de primavera.
En otras partes la gente se mataba por ser de distintos
pueblos, etnias, religiones y aquí convivían en paz, mezclando sus costumbres
sin darse cuenta con las de la tierra que los recibió. Era común verlos tomar
mate o jugando al truco, las señoras intercambiaban recetas de medicina natural
y de a poco todos mezclaban su idioma con el español.
Por ejemplo Doña Natalia tenía “frishco” ya que fresco
en alemán es frisch y en sus medias remendaba los “lojeros” mezcla de “loj” (loch)
con agujeros. O cuando “El Perico” le preguntó por su esposo, quién estaba en
cama con un ataque de asma y ella miraba el aljibe para ver cuánta agua tenían,
entendiendo que le preguntaba por su pozo … no por su esposo, le contestó muy
segura de si misma: “Está medio lleno”
También adoptaron y disfrutaron las costumbres del
lugar.
Por ejemplo, se festejaba la llegada de la primavera con una carrera de
bicicletas.
Los jóvenes pasaban meses arreglando sus “bicis”. El día fijado lucían atléticos
y hacían gala de sus físicos en pantalones cortos y camisetas que dejaban ver
sus músculos, mientras las chicas iban de lo más bonitas, con sus vestidos de
preciosos estampados.
Se establecía el recorrido en las diferentes calles cuidadas por los vecinos,
eran diez vueltas las cuales comenzaban en el boliche de Boedo. Una vez
terminada había baile en la calle, con la orquesta de los húngaros o los
gallegos y remate con la cuerda de tambores de Juan Antonio y su familia
engalanando la fiesta con candombe y tango.
Un joven muy particular corrió esa carrera por más de
quince años: El Grapo.
Llegaba con su pesada bicicleta del reparto de la panadería, camiseta de peñarol
- El cuadro de fútbol de sus amores – Pantalón más corto que el calzoncillo que
lucía de un blanco impoluto, boina con visera hacia atrás. Blancas las piernas
largas, medias y zapatos, cara colorada y nariz tan grande y larga como
correspondía a su cuerpo.
Y en la primera carrera que vio Pedro, supo el porqué de su apodo y se dio
cuenta que la mayoría del barrio, no conocía el nombre del Grapo.
Estando todos listos, la largada se hacía en medio del griterío de los
presentes, detrás de todos salía el Grapo, que ya empezaba a saludar como si
fuera el campeón.
En cada vuelta todo lo ovacionaban y él seguía con total seguridad, transpirando
como loco con el esfuerzo que le suponía cada pedalazo, sólo paraba en el
boliche para tomar una grapa y luego seguir. Eran diez paradas, ergo…diez grapas
donadas para el evento por Don Boedo. Se daba por finalizada la carrera cuando
el Grapo terminaba las diez vueltas. Era recibido como si hubiera llegado
primero y aceptaba las ovaciones y el ramo de flores que se les obsequiaba a los
ganadores con toda pompa, se tomaba la décima grapita y se daba por comenzada la
fiesta de la primavera…
Y fueron muchas primaveras, una juventud difícil y
bella, volaron sobre los ranchos amores y desamores, la vida marcó los caminos
de cada uno de ellos. Los adoquines fueron tapados por el cemento del progreso y
“El boliche cerró sus puertas” como dice una vieja canción, para dejar espacio a
otras historias y otros tiempos.
El ómnibus en el que iba Don Pedro pasó por la esquina
de Arrieta y todavía quedaba uno de los ranchitos de los alemanes. En la esquina
subió el hijo de Juan Antonio, lo conoció porque era igualito a su padre.
Hablaron poco, iban para el mismo lado.
Después del funeral del Grapo, cuando una de sus hijas
se dio vuelta para dejar un último saludo, vio frente a la tumba de su padre a
nueve hombres que en silencio rinden homenaje al amigo. Eran el criollo, el
negro, el judío, el armenio, el libanés, el gallego, el polaco, el ruso y el
italiano.
Se fueron al boliche cercano al cementerio a recordar aquel alemán buena gente,
sin importarles colesteroles o presiones altas, se tomaron sendas copas de
grapa, dejando una silla vacía y frente a ella diez copas pagas al amigo como
para no dejar que el olvido le ganara al Grapo.
1er Premio Categoría Cuento Internacional del Concurso del Grupo Palabras,
Liverpool, Australia, Abril 2010.