|
Se
despertó muy temprano.
Desde los años de estudiante y con la ausencia del reloj se habituó a levantarse
a la hora en que el sol empezaba a aparecer en el horizonte.
Luego de la ducha se asomó a la ventana de la cocina y levantó el precario
mantel que oficiaba de cortina.
La vista desde allí ofrecía un panorama delicioso: el patio con sus pequeños
matorrales, flores, pájaros.
Por sobre el muro del fondo las palmeras y el mar ...
Sonrió, ese día tendría una "visita" a almorzar.
Aprovecharía las primeras horas de la mañana para traer desde la feria del
barrio algunas cosas que faltaban. Caminando entre los puestos, con la bicicleta
en la mano, iba llenando el canasto con las compras.
El perfume que brotaba de las montañas de frutas y verduras le alegraba.
Saboreando de antemano memorizaba los faltantes, unas manzanas para la ensalada
del postre.
De
regreso a la cocina puso los paquetes en la mesa redonda de madera. Era una
costumbre que lo acompañaba desde los tiempos en que toda la familia estaba
junta. Disfrutaba de la fiesta de colores y formas. Luego los chicos hacían un
pasa manos a la nevera entre risas y música.
Ahora estaba solo ...
Con cuidado fue colocando en sus lugares lo tarros y frascos. Por último aseguró
la puerta de la heladera con el cajón de las verduras y terminó de guardar lo
que no usaría en el momento.
En
una tabla de plástico blanco acomodó las verduras para cortar y al mismo tiempo
puso a hervir agua en una olla.
Lavó a conciencia las papas, cebollas, zanahorias y pimientos. Fue pelando y
cortando en cubos todo. Retiró "enaguas" a las cebollas y las cortó en diagonal
al tallo. Era un secreto aprendido que de esa manera no se desbarataría al
reducirla a pequeños cubitos. Cortó en tiritas finas el pimiento morrón y luego
en trocitos pequeños.
Colocó a puñados en una olla plana las verduras con dos cucharadas de aceite.
Poco a poco comenzó el bullicio en la cocina y aprovechó para prender el
tocadiscos con una música del "Trapico antiguo".
Pasando por el estante de los sabores tomó los frascos con tomillo, orégano, ají
y de paso los de la pimienta, sal y el curry.
Ya sobre la olla bendijo con la punta de los dedos el contenido.
Empezó a cortar el bloque de carne en trozos del tamaño de un bocado y los
sumergió en el recipiente donde cebollas, morrones y zanahorias junto al aceite
largaban sus jugos.
Un jarro de caldo aplacó los rugidos e inició un suave burbujeo. Tapó la olla y
bajó el fuego. Minutos antes de retirar del fuego, agregaría las papas y un
tarro de arvejas.
En otra olla puso a fritar un puñado de cebollas cortadas bien finitas con dos
bloquecitos de mantequilla. Empezando a transparentar, llenó el recipiente con
agua fría y agregó papas cortadas en cuadraditos. Cuando empezó a hervir y las
papas tiernizaron, puso una taza de leche cruda y dejó calentar sin bullir.
Una vez bien caliente, tiró queso fresco en pedazos pequeños, que al contacto
con el caldo se fundieron en harapos blancos. Al mismo tiempo dejó caer dos
huevos crudos, yema y clara. Revolvió todo con cuchara de palo y retiró del
fuego.
Aparte cortó perejil bien fino y lo puso a esperar en un potecito chico.
En un calentador el agua hirviente disolvía un cubito de caldo saborizante. En
la olla del arroz, pieza infaltable de la cocina, dejó caer una lluvia de
blancos granos sobre un fondo de aceite perfumado con ajo. Cuando fueron
cristalizando, lentamente, el chorro de caldo causó un escándalo de vapores y
rugidos. El ruido se fue apagando y una pizca de sal culminó el milagro. Sólo
quedó bajar el fuego a la intensidad de una vela. Al minuto las blancas nubes
del arroz presagiarían el feliz almuerzo.
El
postre fue una feria de sabores. Las rodajas de plátano junto a los medallones
de manzanas, mangos, papaya, aros de piña, bolitas de melón, gajos de naranja,
duraznos en almíbar, uvas y un chorrito de granadina con el jugo de ananá ...
Azúcar.
En
el fondo de la nevera reposaba la botella y los refrescos.
En
ese momento se oyeron unos suaves golpes en la puerta de calle ...
Secándose las manos abrió lentamente la hoja de madera.
- Hola papá
- Hola hijo, la comida está pronta
Carlos Aníbal Arboleda, Abril 2008
|