En el otoño del año sesenta y
siete cumplía catorce y la naturaleza se hacía presente signando aquellos
cambios sutiles y profundos en mi interior.
La irrefrenable metamorfosis de mis hormonas iba convirtiendo a la niña rebelde,
osada e irreverente de las travesuras de la infancia, en una adolescente
simpática, paciente, delicada, hambrienta de indagar en los misterios del alma
humana.
Los gestos, las miradas y hasta desentrañar el oculto sentido de las palabras de
la gente, me fascinaba. Aún sigo buscando en ciudades, calles y plazas la
lectura de los que pasan.
Hoy la nostalgia se instala en el recuerdo de un pequeño cuento que al leerlo se
presentó lindo por lo sencillo, encontrando natural y cotidiano su sentido.
"... Un padre en el lecho de
muerte llama a sus tres hijos y les manifiesta su último y gran deseo,
aclarándoles que además era su legado y riqueza, y así serían prósperos,
saludables y felices por toda la vida, y expirando les dijo: Sean amables,
sean amables todo el tiempo, sean amables siempre"
Con gran esfuerzo, trato de
rescatar a aquella adolescente que le parecía tan normal ser amable, han pasado
cuarenta años y usurpando el lugar de los destinatarios me he guardado aquel
legado, bellísimo, profundo y no tan sencillo.
En la puesta en marcha, las gratificaciones han sido infinitas pero al igual que
un guía me ha iluminado cuando asaltan las dudas y la desconfianza hace los días
difíciles, me he acostumbrado a observarme, a conocerme, a corregirme, a
perdonarme, a esforzarme, a disciplinarme, a ser humilde, a conquistar
bellísimos momentos y a sorprenderme de lo difícil que me resulta hasta conmigo
misma ser amable todo el tiempo.
Reconozco fácilmente los espíritus
refinados y también los grotescos, comprendiendo el por qué de las diferencias.
Tan sólo deseo que cuando llegue el día final haya logrado ser amable siempre,
con coherencia de pensamiento, sentimiento y acción.
Siento que todo aquél que comience
a ejercitar el ser amable, aunque no sea todo el tiempo, vivirá la
indescriptible serenidad de ver sonreír a Dios a su lado siempre.