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Imágenes - por Silvana Caetano Matulis Imprimir E-Mail

Al mediodía el calor era insoportable.
El sol pegaba justo sobre sus cabezas y el barco avanzaba. Los hombres en cubierta se remangaban las camisas blancas. Las mujeres cubrían sus cabezas con pañuelos.
Era verano y las pieles tan blancas no estaban acostumbradas al clima del Sur.
Al final del viaje esperaba lo nuevo, lo desconocido. La América exuberante, la de la abundancia, del buen clima, de los olores y colores fuertes. Otra América, tal vez no la real sino la que ellos querían creer que era. Ahí, se decía que la guerra no llegaba.

Cuando el barco paró en Brasil ellos bajaron a hacer una caminata. Al ratito algunos volvieron asustados: habían visto por primera vez un negro! "Perkunas" decían las mujeres en clara alusión al diablo.
Unos eligieron Brasil como destino. Esos recolectaron café en los cafetales sustituyendo a los antiguos esclavos, mientras sus hijos morían de calor y fiebre.

Los que siguieron viaje entraron a puerto el primero de Enero.

Viktoras bajó del barco de corbata y llevando una valija con poca ropa en la mano. Flaco y rubio llegaba con sus jóvenes diecisiete años al que sería su destino final, su segunda casa.

No sabía que atrás empezaba a quedarse una época muy dura, que de a poco se convertiría en pasado.

Venía de cuidar el ganado desde los cuatro años. En el bosque, de noche, solo.
Contaba del miedo a los aullidos de los lobos y de la nieve con trineo incluido. Del frío. De las ardillas. De aquel día que persiguió una hasta la punta de un pino. La rama se quebró y el terminó sin pensarlo de cabeza en el suelo de un bosque de su aldea natal: Panevezys.
Panevezys, donde una vez, vio a un extraño llegar al pueblo en bicicleta. Y enseguida todos los niños corrieron tras ese tesoro inalcanzable. Donde el zapatero venía una vez al año, y ahí se encargaban zapatos para toda la familia. Y en general, se hacían de talle más grande para que duraran, aunque eso implicara andar "zapateando" seis meses.

Así de simples y cotidianos eran sus cuentos. No por eso menos duros. A veces, le cambiaba la cara y entonces contaba de aquel día que a sus 5 o 6 años, descubrió a su mamá comiendo un pedacito de queso a escondidas, mientras sus hijos no tenían que comer. Tal vez ahí, empezó a madurar su idea de irse.

Decía también que de día se dormía en la escuela, porque de noche no podía hacerlo cuidando los animales. Y la maestra y su mamá lo rezongaban. ¿Cómo podía dormirse? Con el sacrificio que hacía la familia para que el fuera a la escuela.
A pesar de ser muy inteligente, no pudo seguir estudiando y fue a causa de no poder estudiar que se animó en la adolescencia (claro, en esa época no existía este concepto, era simplemente "muy joven") a plantear en su casa que el quería irse a América.
No sé de dónde sacó tanto coraje.
No sé cómo juntaron la plata. Lo cierto es que la familia se embarcó en esa aventura. Con los pasajes para subir al barco en puerto alemán, subió al tren y nunca más volvió. El viaje fue largo.

Entonces, el primero de enero de 1930 entró a puerto. Un gringo más. Estaba en Inmigraciones cuando apareció Juan. Preguntó si había algún lituano ahí. Puedo imaginármelo con esa cara inocente, sus grandes ojos verdes y sus ganas de no mirar atrás, presentándose. El otro, le prestó un peso, lo acompañó a una pensión y lo ayudó en esa bien difícil época de establecerse y conseguir trabajo.

Viktoras, finalmente, había llegado a Montevideo.

Silvana Caetano Matulis

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