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¡Levantémonos, entonces,
mujeres de este día!
¡Levantémonos todas las mujeres que tengamos corazones, sea nuestro bautismo
de agua o de temores!
Digamos firmemente: "No permitiremos que las grandes cuestiones sean
decididas por agencias que no vienen al caso. Nuestros esposos no vendrán
hediendo a carnicería a nosotras por caricias y aplausos. No se nos quitarán a
nuestros hijos para que desaprendan todo lo que les hemos podido enseñar de la
caridad, la piedad y la paciencia.
Nosotras las mujeres de un
país seremos demasiadas tiernas de las de otro país para permitir que nuestros
hijos sean entrenados a dañar a los suyos. Del pecho de la Tierra devastada una
voz se alzará con la nuestra. Dice: "¡Desarmad, desarmad! La espada del
homicidio no es la balanza de la justicia." La sangre no limpia nuestra
deshonra ni la violencia indica posesión. Como los hombres han a menudo
abandonado el arado y el yunque a la citación de la guerra, que las mujeres
ahora dejen todo lo que se pueda dejar del hogar para un gran y fervoroso día
de deliberación. Que se encuentren primero, como mujeres, para llorar y
conmemorar a los muertos.
Que entonces solemnemente se
aconsejen unas con las otras de modo que la gran familia humana pueda vivir en
paz, cada quien llevando a su propio tiempo la empresa sagrada, no la de César,
sino la de Dios.
En el nombre de la mujer y de
la humanidad, fervorosamente pido que un congreso general de mujeres, sin
límites de nacionalidad, sea designado y convocado en algún lugar determinado
más conveniente y en el más cercano período consistente con sus objetivos:
promover la alianza de las distintas nacionalidades, la resolución amigable de
cuestiones internacionales, los grandes y generales intereses de la paz.
Julia Ward
Howe, 1870
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