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Las
señoras que se reunían todos los jueves a las quince horas para compartir
estudios literarios, desde hacía ya cinco años, se deleitaban con lecturas de
autores conocidos y desconocidos y apoyaban cuanto evento cultural podían. En
esa semana se recordaba a un autor ya fallecido, muy criticado, culto,
controversial.
Su crítica a la sociedad fue cruel y muchos no lo quisieron, sin embargo había
sido un excelente escritor, gustara o no, rebelde por naturaleza, no personó
con su ojo avizor y su pluma afilada a nadie.
Las señoras, a pesar de escandalizarse por los escritos y opiniones de este
amante de Schopenhauer y Onetti, estaban encantadas de "meterse" en
este oscuro y bajo mundo filosófico y retorcido, que él supo manejar
magistralmente.
Enteradas de la apertura de un museo en honor a este escritor, planearon una
visita para el jueves siguiente.
María era
la madrina del escritor, vivía en la Ciudad Vieja y decidió, junto a otro de
sus ahijados de profesión abogado, abrir su casa como museo, ya que en ella
había vivido un tiempo el escritor, hasta que se mudó definitivamente a
España. La casa, antigua, señorial, hermosa, había sufrido el paso de los
años y mantenerla se había convertido en una empresa muy cara. María, ahora
viuda, contaba con una pensión, con la cual no podía mantener esa antigüedad,
pero tampoco quería mudarse. Toda su vida había transcurrido en esa
maravillosa casona y en ella se sentía segura. Por tanto, decidieron abrirla al
público como museo.
Se hicieron los preparativos del caso, la publicidad en los medios de
comunicación y cuando llegó el momento de la apertura, María estaba muy
entusiasmada.
En los días siguientes muchos grupos solicitaban visitas guiadas y ella
coordinaba las mismas haciendo las veces de guía, donde contaba las maravillas
de su famoso ahijado.
El jueves tenía dos grupos.
Alfonsina y
Cristina eran las más entusiastas, iban al frente del grupo de diez mujeres
ávidas de conocer los pormenores de la vida de su admirado escritor.
Puntualmente esperaron la apertura del museo.
María las recibe haciendo gala de ser una gran anfitriona y pregunta al otro
grupito si venían con las señoras.
- No - responde una elegante señora, acompañada de otra dama y tres caballeros
- pero ... ¿podemos entrar? - habló con acento francés.
- Por supuesto, adelante - responde María - los atenderé en un momento.
María se dirige al primer grupo, las lleva hacia el escritorio y les cuenta:
- A mi ahijado le encantaba esta habitación porque da a la calle, pasaba horas
sentado en esa antigua silla escribiendo sus obras, entreabría las celosías y
entraban los haces de luz mientras él, pluma en mano, escribía sin pausa.
Allí en la vitrina tienen varios objetos que fueron de él, libros, plumas,
manuscritos, ceniceros, adornos que traía en sus innumerables viajes o algunos
que le regalaban sus amigos. Aquí vean también un ramo de rosas secas, que
suponemos serían de alguna admiradora.
Las señoras escuchaban, comentaban, preguntaban, y María disfrutaba de tanta
atención.
- Sigamos al salón, aquí, frente a la estufa de leña, que es una belleza por
sí sola, revestida en finos mármoles rosados. Vean también los dos jarrones
dispuestos a sus lados del mismo mármol, es un regalo que le hizo mi abuelo
materno a mis padres cuando se casaron ... Bien, pues aquí en este living se
juntaban escritores, profesores, politólogos, historiadores y admiradores y
compartían interesantes tertulias ... Éste era el sillón preferido de él,
también le agradaban los helechos y estaba encantado con estas dos plantas,
miren ¡qué porte, qué verdor! ¿no son bellísimos?
Y siguieron visitando el resto de la casa, la cocina, el dormitorio, la sala de
estar. Siguiendo a la anfitriona Alfonsina le comenta a Cristina - ésta es más
una visita a la casona que a parte de la vida de él, en su obra, poco o nada se
refiere a este lugar -
Cuando el grupo regresa de la cocina, en el living, la mujer con acento
francés, a viva voz discute con uno de sus compañeros:
- ¿Qué dices? ¡yo voy a desenmascarar este fraude! Todo esto es una gran
mentira y esta señora está haciendo un circo ... yo lo conocí muy bien,
conocí su bondad y su bajos instintos, sus mañanas desayunando alcohol y su
desprecio hacia todos. Su calidez y sus desprolijidades ... ¡era un desastre!
un genio sin duda alguna, pero incapaz de algún orden en su vida, siempre
sumido en sus depresiones o en sus delirios de gandeza, en su eterna búsqueda
del amor ... en el cual no creía, ¡vengan, síganme!
María, con rubor en sus mejillas y atemorizada, se escudaba detrás de las diez
señoras del primer grupo, quienes vivamente interesadas siguieron a "la
francesa".
- ¿Ven? Este bonito escritorio, si hubiera sido utilizado por él, estaría
quemado por cigarrillos, manchado de tinta, rayado, golpeado y los adornos,
¡odiaba los adornos! Cuando alguien le regalaba alguno, paraba inmediatamente
en la papelera - se dirigió hacia el living - ¡nunca le gustó esta chimenea!
La consideraba de mal gusto al igual que a los jarrones ... y los helechos, dudo
que alguna vez se hubiera fijado en ellos - se enfrenta a María.
- Usted sabe que lo que digo es verdad, si bien él se quedaba a dormir aquí
cuando no tenía dinero, generalmente se lo encontraba en algún boliche que
tanto le gustaban.
María - ¿Quién es usted?, ¿porqué hace esto?, ¿qué gana usted con esta
conducta?
Monique - Soy Monique ... él tenía muchos defectos, casi todos, pero no era
hipócrita, odiaba la mentira y lo que usted hace es exactamente lo que él
combatió toda su vida ...
María - Pero usted ¿de dónde salió?, ¿porqué se atreve a hablar de esa
forma?
Monique - (Se ríe) Conocí a su ahijado en un cabaret y fui su tormento y su
paz. Por mí se divorció las dos veces que lo hizo y si no me casé con él,
fue porque no quise ¡tonta! Pensé en eternidades y la muerte, me lo arrebató
sin pena alguna ... eso me pasó por arrogante. Fui su dueña y su esclava, su
dolor y su calma. Nos inquietamos, nos enloquecimos, éramos el uno para el
otro. Conocí sus secretos y me contó su vida ¡y usted miente! - Se dirige al
grupo de señoras - ¡búsquenlo en los cabaret, en el puerto, en los boliches,
aquí no lo van a encontrar!
En una vitrina del living, Monique ve un alhajero con una cadena de oro y
llevaba como dije un diente de leche engarzado en el mismo metal, debajo un
cartelito que rezaba: "diente de leche perdido a sus seis años de
edad".
(Monique grita) - ¡Mentirosa! ¡Mentirosa! Ahora estamos en la era del ADN
¡vamos a hacerle una prueba y verá cómo no es de él! - se sienta y enciende
un cigarrillo, todas la siguen en silencio. María se sienta en el sillón
frente a ella y le pregunta
- Entonces, ¿de quién es?
Monique - Mío ... - Todos en silencio siguen atentos a las dos mujeres - a los
diez años, mi madre me regaló mi canino de leche engarzado en oro. No me
gustó, me pareció de mal gusto y nunca lo usé. Un día lo encontré entre mis
joyas y se lo regalé a él. Le encantó y prometió usarlo siempre, aún
después de muerto - grita - ¡y usted se lo sacó! ¡lo tiene en una vitrina!
¡qué poco conocía a su ahijado!
A esa altura de los acontecimientos, María pide disculpas y les solicita a los
visitantes que se retiren, pero "la francesa" seguía en el sillón.
María - Monique ... le ruego se retire.
Monique - Dentro de una semana se hará la cremación del cuerpo, estaré
presente y exijo que ¡mi dije! se creme junto con él.
María - Me negaré a cualquiera de sus exigencias, es usted una atrevida y no
voy a darle nada de mi ahijado y no permitiré que usted asista a la exhumación
de sus restos.
Monique - Llame a su otro ahijado el abogado y dígale que hable con el mío -
le entrega una tarjeta personal - y recuerde que la puedo desenmascarar en
cualquier momento.
Con un gesto de intencional mala educación, tira la colilla del cigarrillo
frente a María y la pisa con saña mientras la mira a los ojos - Nos vemos en
una semana ... señora.
Los
abogados enfrentan a sus defendidas para indicarles que las dos tienen derecho
de estar en la cremación del artista y llegan a un acuerdo. Será cremado junto
a la cadenita y el canino en cuestión.
Sería Monique quién llevará la urna con las cenizas para luego arrojarlas en
la escollera Sarandí, como -según ella - le hubiera gustado al escritor.
Todo a cambio del silencio de ella y siempre que "al museo" se le
hicieran los cambios necesarios para mostrar más fielmente la vida del artista.
María aceptó y el día esperado ... llegó.
Admiradores y prensa rodeaban a Monique y a María, mientras se desenterraban,
se llevaban e introducían los restos al crematorio, para después juntar las
cenizas (aún calentitas) en la urna, se firmaban los documentos pertinentes y
se salía en búsqueda de la escollera.
Monique, vestida de negro luto elegante, con zapatos de diez centímetros de
taco, llevaba la urna, seguida por María, de negro luto también, pero mucho
más sencilla. Las seguía el séquito de admiradores.
Salieron los autos muy despacio, la caravana fue filmada para ser vista en todo
el mundo hispano.
Al llegar a la rambla montevideana, sombreros, pañuelos y faldas tuvieron que
ser cuidadosamente "agarrados", ya que el viento del sur soplaba
enfurecido y las olas crecían como lenguas gigantes para reventar en espuma
contra la rambla.
Si alguien quiso decir algo, no se entendió.
Los que se arriesgaron a caminar por el dique de la escollera, iban con mucho
cuidado, ya que el viento arrachado los hacía tambalear.
Monique, aferrada a la urna, iba al frente.
María, aferrada a dos hombres, la seguía.
Llegó el momento esperado y al destapar la urna con ademanes teatrales, el
viento arrancó de las manos de Monique la tapa, haciéndola rodar hasta hacerla
desaparecer entre los grandes bloques de granito y como en mágico embrujo el
mismo viento comenzó a elevar las cenizas del artista, subiéndolas en
remolinos desordenados y soplándolas hacia el puerto y la Ciudad Vieja, sin
dejar caer una sola partícula en el embravecido Río de la Plata.
Su Montevideo, Su escollera, Su viento, se confabularon para dejarlo en eterna
libertad, haciéndolo parte de balcones y calles, de los nidos de palomas y las
azoteas, de tambores y ramblas, metido entre los adoquines, las grietas, la
basura, las casonas semiderruídas, con sus fantasmas, sus sarcasmos y sus
desprolijidades ... Como siempre, el artista hizo lo que quiso.
Virginia Bintz
Mención de honor categoría Cuento
29º Concurso Dr. Alberto Manini Ríos - AEDI Uruguay - Ateneo de Montevideo -
15 de marzo del 2007
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