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En el boliche de Villa, acodado
al mostrador, estaba el "Tano", los sábados de tardecita. Quintero, de manos
fuertes y trabajadoras, dejaba su boina al lado de los vasos de vino que iba
tomando.
A su lado, un gaucho muy bien empilchado, de buenas botas, faja oriental,
pañuelo de seda al cuello, tomaba cerveza. Su pelo y barba eran pelirrojas, su
respingada nariz no había perdido las pecas de su niñez y su delgada y alta
figura, nos hacía notar inmediatamente al "Inglés".
El "Polaco" venía en su prolijo carro, tirado por el "Petiso", su fiel caballo.
Este abuelo de pelo y bigotes blancos, bajito y gordito, si se hubiera vestido
de rojo lo confundirían con Papá Noel. Él recorría los cinco boliches del
barrio, el Petiso conocía el recorrido y si el Polaco se quedaba mucho tiempo,
su caballo regresaba dejándolo en el boliche de Villa.
Le gustaba tomar caña con el "Alemán", los acompañaban el "Negro" y el "Gaita".
Generalmente el último en llegar era el "Ruso", que los sábados se vestía de
fiesta con sus botas relucientes y su casaca de seda bordada. A él y al Tano les
encantaba cantar.
Cada uno de estos veteranos tenían penas grandes como océanos ... océanos que
intentaban ahogar en sus vasos de licor en el boliche de Villa.
Allí cantaban, lloraban, se peleaban ... cosas de hombres.
A las señoras de ellos, se les
ocurrió que sería bueno juntarse los sábados. Comenzaron a reunirse para jugar a
la lotería y tomar chocolate, luego fueron organizando ferias artesanales,
clases de tejidos, de cocina, teatro para chicos, hacían colectas para ayudar a
las escuelas, al comedor infantil, para aquel que necesitaba medicamentos o para
el ajuar de algún bebé nacido en un hogar humilde.
Ya famosas en su Departamento, vinieron de la Capital a entrevistarlas.
Aprovecharon a recibir a los periodistas en la Primera Muestra de las
Colectividades, que venían preparando desde hacía un tiempo atrás. ¡Todo un
éxito! Representantes de todas las colectividades de inmigrantes, clubes y
sociedades nativistas, organizaciones privadas y del Estado, se unieron para
darle forma a esta fiesta llena de color y alegría, toda la ciudad se unía en
una experiencia colectiva con la fuerza de lo popular.
Las abuelas desempolvaron
ropajes y recuerdos, abrieron valijas olvidadas, resurgieron extraños objetos
antiguos que volvían a la vida ante el asombro de jóvenes y niños, se revivieron
historias de encuentros y desencuentros, se mostraron cartas y cuadros, muebles
y fotos, todo volvía a tener valor. En el viejo mercado, cada colectividad tenía
su lugar para mostrar las antiguas usanzas y costumbres de las lejanas tierras
de los abuelos.
En una esquina del gran salón,
se mostraban distintas valijas, sombreros, pañoletas bordadas, fotos antiguas y
una sección de cartas amarillentas, abiertas al lado de los sobres con sus
sellos, llegadas de distintas partes del mundo. La mayoría eran de Europa, pero
habían de Asia, y unas de Japón.
El Negro estaba con su familia, tratando de leer los difíciles nombres de esas
cartas, de caligrafías diferentes, hasta que la pareció ver un nombre conocido.
- Che, Inglés ¡vení! ¿este no es tu nombre? ¿Martin Ho... Howard?
El inglés primero sonrió sorprendido, luego se interesó más, tomó el sobre y la
carta que llevaban su nombre. Noelia, la joven que estaba a cargo de ellas, lo
vio tan turbado que lo dejó sentar en un rincón, donde leyó y leyó esa carta,
hasta que su cara de hombre bueno se convirtió en roca.
El Inglés buscó con la mirada a su madre, la vio entre la bulliciosa multitud,
frente a los representantes del Líbano
- Permiso madre ¿me acompaña?
- Sí Martín, ¿me invitas a tomar un refresco?
La anciana madre se toma del brazo de su hijo y van a sentarse a la sombra del
gran ibirá-pitá de la plaza, buscando un lugar para conversar, escapando de la
multitud.
- Mire lo que encontré ... ¿usted sabía de esta carta?
- Sí ...
- ¿Por qué no me la dio cuarenta años atrás?
- Porque hubieras ido detrás de ella, hubieras vuelto a Inglaterra.
- Pero madre, hubiera traído a Dorotea aquí ... ¡nos amábamos! Aquí dice que
ella también me amaba ¿por qué me lo escondió? ¿por qué me lo hace saber ahora?
¿por qué me hace esto?
A Martín le tiemblan las manos, sostiene la amarillenta carta, se enturbian sus
ojos claros y llora su alma por aquel amor truncado, por aquel amor convertido
en ángel, al cual nunca olvidó ...
Todo el pueblo brilla alegre por la Fiesta del Inmigrante, mientras El Negro y
El Polaco observan desde lejos al Inglés. Saben que algo le pasa. La madre toma
las manos de su hijo ...
- Perdóname Martín, siempre me sentí culpable por no haberte dado esta carta ...
Dorotea está viva y está aquí. La busqué después de que enviudaste hace tres
años (le deja un papel blanco doblado en cuatro en sus manos) hijo ... Ésta es
mi forma de pedirte perdón. Un día los separé. Hoy los puedo unir ... tú
decides.
El Inglés queda sólo entre
cientos de alegres personas, el bullicio no le llega, siente el latido de su
corazón ... Una amarilla flor del viejo ibirá-pitá cae sobre la blanca hoja de
papel que no se ha animado a abrir.
Cuarenta años ... abre de a poquito el sagrado papel. Encuentra las letras que
en inglés le dicen: "Si con atención miras entre la gente, frente a ti,
encontrarás una desgarbada y flaca inglesa, veterana ya, que nunca dejó de
amarte ..."
por Virginia
Bintz
1er Premio en Cuento Breve
II. Concurso de la Unión de Inmigrantes de Salto
Noviembre 2005
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