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Historia de una carta (por Virginia Bintz) - 1er Premio en Cuento Breve Imprimir E-Mail

En el boliche de Villa, acodado al mostrador, estaba el "Tano", los sábados de tardecita. Quintero, de manos fuertes y trabajadoras, dejaba su boina al lado de los vasos de vino que iba tomando.
A su lado, un gaucho muy bien empilchado, de buenas botas, faja oriental, pañuelo de seda al cuello, tomaba cerveza. Su pelo y barba eran pelirrojas, su respingada nariz no había perdido las pecas de su niñez y su delgada y alta figura, nos hacía notar inmediatamente al "Inglés".
El "Polaco" venía en su prolijo carro, tirado por el "Petiso", su fiel caballo.
Este abuelo de pelo y bigotes blancos, bajito y gordito, si se hubiera vestido de rojo lo confundirían con Papá Noel. Él recorría los cinco boliches del barrio, el Petiso conocía el recorrido y si el Polaco se quedaba mucho tiempo, su caballo regresaba dejándolo en el boliche de Villa.
Le gustaba tomar caña con el "Alemán", los acompañaban el "Negro" y el "Gaita". Generalmente el último en llegar era el "Ruso", que los sábados se vestía de fiesta con sus botas relucientes y su casaca de seda bordada. A él y al Tano les encantaba cantar.
Cada uno de estos veteranos tenían penas grandes como océanos ... océanos que intentaban ahogar en sus vasos de licor en el boliche de Villa.
Allí cantaban, lloraban, se peleaban ... cosas de hombres.

A las señoras de ellos, se les ocurrió que sería bueno juntarse los sábados. Comenzaron a reunirse para jugar a la lotería y tomar chocolate, luego fueron organizando ferias artesanales, clases de tejidos, de cocina, teatro para chicos, hacían colectas para ayudar a las escuelas, al comedor infantil, para aquel que necesitaba medicamentos o para el ajuar de algún bebé nacido en un hogar humilde.
Ya famosas en su Departamento, vinieron de la Capital a entrevistarlas. Aprovecharon a recibir a los periodistas en la Primera Muestra de las Colectividades, que venían preparando desde hacía un tiempo atrás. ¡Todo un éxito! Representantes de todas las colectividades de inmigrantes, clubes y sociedades nativistas, organizaciones privadas y del Estado, se unieron para darle forma a esta fiesta llena de color y alegría, toda la ciudad se unía en una experiencia colectiva con la fuerza de lo popular.

Las abuelas desempolvaron ropajes y recuerdos, abrieron valijas olvidadas, resurgieron extraños objetos antiguos que volvían a la vida ante el asombro de jóvenes y niños, se revivieron historias de encuentros y desencuentros, se mostraron cartas y cuadros, muebles y fotos, todo volvía a tener valor. En el viejo mercado, cada colectividad tenía su lugar para mostrar las antiguas usanzas y costumbres de las lejanas tierras de los abuelos.

En una esquina del gran salón, se mostraban distintas valijas, sombreros, pañoletas bordadas, fotos antiguas y una sección de cartas amarillentas, abiertas al lado de los sobres con sus sellos, llegadas de distintas partes del mundo. La mayoría eran de Europa, pero habían de Asia, y unas de Japón.
El Negro estaba con su familia, tratando de leer los difíciles nombres de esas cartas, de caligrafías diferentes, hasta que la pareció ver un nombre conocido.
- Che, Inglés ¡vení! ¿este no es tu nombre? ¿Martin Ho... Howard?
El inglés primero sonrió sorprendido, luego se interesó más, tomó el sobre y la carta que llevaban su nombre. Noelia, la joven que estaba a cargo de ellas, lo vio tan turbado que lo dejó sentar en un rincón, donde leyó y leyó esa carta, hasta que su cara de hombre bueno se convirtió en roca.
El Inglés buscó con la mirada a su madre, la vio entre la bulliciosa multitud, frente a los representantes del Líbano
- Permiso madre ¿me acompaña?
- Sí Martín, ¿me invitas a tomar un refresco?
La anciana madre se toma del brazo de su hijo y van a sentarse a la sombra del gran ibirá-pitá de la plaza, buscando un lugar para conversar, escapando de la multitud.
- Mire lo que encontré ... ¿usted sabía de esta carta?
- Sí ...
- ¿Por qué no me la dio cuarenta años atrás?
- Porque hubieras ido detrás de ella, hubieras vuelto a Inglaterra.
- Pero madre, hubiera traído a Dorotea aquí ... ¡nos amábamos! Aquí dice que ella también me amaba ¿por qué me lo escondió? ¿por qué me lo hace saber ahora? ¿por qué me hace esto?
A Martín le tiemblan las manos, sostiene la amarillenta carta, se enturbian sus ojos claros y llora su alma por aquel amor truncado, por aquel amor convertido en ángel, al cual nunca olvidó ...
Todo el pueblo brilla alegre por la Fiesta del Inmigrante, mientras El Negro y El Polaco observan desde lejos al Inglés. Saben que algo le pasa. La madre toma las manos de su hijo ...
- Perdóname Martín, siempre me sentí culpable por no haberte dado esta carta ... Dorotea está viva y está aquí. La busqué después de que enviudaste hace tres años (le deja un papel blanco doblado en cuatro en sus manos) hijo ... Ésta es mi forma de pedirte perdón. Un día los separé. Hoy los puedo unir ... tú decides.

El Inglés queda sólo entre cientos de alegres personas, el bullicio no le llega, siente el latido de su corazón ... Una amarilla flor del viejo ibirá-pitá cae sobre la blanca hoja de papel que no se ha animado a abrir.
Cuarenta años ... abre de a poquito el sagrado papel. Encuentra las letras que en inglés le dicen: "Si con atención miras entre la gente, frente a ti, encontrarás una desgarbada y flaca inglesa, veterana ya, que nunca dejó de amarte ..."

por Virginia Bintz
1er Premio en Cuento Breve
II. Concurso de la Unión de Inmigrantes de Salto
Noviembre 2005

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